Es increíble
como el simple hecho de encontrar a alguien sentado en tu mesa de siempre, esa
que identificas como tuya, te pueda arruinar la mañana. Eso pensó Raquel al ver
a aquel hombre leyendo el periódico y dando sorbos a su café de manera
despreocupada.
Desde donde
estaba ella en la barra podía observar por sus facciones que estaba relajado y
que como ella, tendría unos veinticinco o tal vez veintiséis años. Sus ojos
recorrían las páginas rápidamente, casi devorándolas, parándose en alguna que
otra noticia esbozando una media sonrisa. Para rematar su rostro, el pelo
castaño casi rubio y no muy largo, se arremolinaba como quería, haciendo que
Raquel llegara a pensar que no era nada feo, sino al contrario.
Ella, que no
solía fijarse en la gente más de lo necesario se sorprendió a sí misma teniendo
ese pensamiento, pero a fin de cuentas, no todos los días alguien invadía
"su" espacio. Con cierta curiosidad y paso decidido se dirigió hacia
él, con su café tibio en una mano, después de haber pasado casi diez minutos analizándolo.
Arrastró una silla hacia atrás y se sentó, atrayendo la mirada del joven. Él la miró, sin sorpresa y con una sonrisa
amplia, acompañada de un suspiro de alivio.
- Ya pensaba
que hoy no vendrías a sentarte
Y aquí, si
que Raquel no supuso que hacer. Creía tener el control de la situación, aunque
tampoco había pensado que decir o hacer al sentarse en aquella mesa. Se limitó
a mirarlo, pensando bien que decir.
- Me llamo
Gabriel. Y estoy aquí porque quiero conocer tu historia. Alguien me ha contado
que todas las mañanas te sientas en la misma mesa, pides el mismo café y
después de tomártelo desapareces igual que apareciste. Que nadie sabe tu
nombre, al menos no quien me ha contado esta pequeña historia. Que dependiendo
del día, tus ojos gritan tristeza y otros, simplemente se mueren por hablar. Yo
quiero saber porqué. ¿Quién eres? ¿Por qué esta mesa? ¿Por qué este café? Y te
juro que no soy un acosador.
Raquel no
sabía ni que decir. Se sentía acorralada como un gato, acorralada de que
alguien supiera su rutina, de que alguien hubiera reparado en su presencia en
esa ciudad tan caótica. Su respuesta, con lo cual, fue la propia para un gato
acorralado.
- Creo que no
hay historia que contar. Y eso de que no seas un acosador, lo valoraré yo.
Antes de que él
pudiera decir nada más, se levantó de la silla y se marchó, dejando tras de sí
a Gabriel, al café y trayendo a su mente todas las historias del pasado.
Pasaría una
semana desde ese día antes de que Raquel volviera a poner un pie en la
cafetería, un tiempo que Gabriel pasó sentado en aquella mesa leyendo el periódico.
Hasta que al fin un martes ella compró su café con cara de cansancio, fue hacia
la mesa, arrastró la silla y se sentó mirándolo. Ni siquiera ella misma sabía por
qué estaba allí.
- Me llamo
Raquel. Y tengo una historia para ti,
Gabriel.
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